El niño que la calle olvidó.
Abel, un niño de 11 años, sabe que los alimentos en estado de descomposición que consigue en la basura no son los mas suculentos, una expresión de repugnancia por el espagueti viscoso y maloliente, que contradice su sensación de tranquilidad por encontrar un bocado. "No se puede despreciar lo que otro no aprovecha" es la frase de todos los días, y era cierta, aunque estuviese con un aspecto de putrefacción, espaguetis en la basura, eran una aguja en un pajar en la Venezuela de 2017.
Abel, hijo de la calle, un malparido de la sociedad, con su padre preso o probablemente muerto en la cárcel de El Rodeo, y su madre mendigando algunos bolívares entre alcohol, perico y sexo en las escalofriantes noches de las calles del barrio; es un niño sin miedo a la vida ni a la desvida (muerte), ladrón por excelencia, pedigüeño por necesidad, le fascina jugar a los dados con los demás ladrones y vendedores. El dinero en efectivo que consigue en el día, lo apuesta por las noches, hasta que decide irse al cambuche dónde duerme escondido para que no lo echen a patadas, allí él ha logrado hacer su refugio con algunos cartones de cajas desgastadas y una sábana que consiguió hace unos meses en uno de los basureros. A su corta edad ha mantenido relaciones sexuales con seis mujeres del gremio de prostitutas entre 10 y 16 años, reciben algúna comida o un poco de efectivo, y algunas, sus dosis. Ha tenido que pelear más de 30 veces, dónde en varias ocasiones lo han medio matado, sabe manipular con destreza un cuchillo y un pico de botella, se desvive por las armas y le encantan las motos.
Abel, que tiene la misma camisa sucia desde hace 2 meses, un short que nunca se quita, y descalzo, curtido, se levanta en la mañana para comenzar su recorrido de pululación por las basuras de Caracas, toca el suelo dos veces con la palma de su mano derecha, mira al cielo y dice al aire, más como para sí mismo «Voy a ti Ochun» —una creencia santera de él—. Después de horas y horas de búsqueda y eternas caminatas, se sienta en una de las plazas de La Candelaria, saca el encendedor del bolsillo y una colilla grande de cigarro que consiguió en la calle, lo prende y toma una gran calada, las personas se comentan entre sí mientras van a su destino, sólo quedan absortos de la cruda realidad que se les asoma, pero no hacen nada, susurran la desgracia del vulnerable para en el fondo, justificar sus propias desgracias y tapar sus vulnerabilidades, no hay mejor forma de ocultar tu debilidad que exaltar la debilidad de otros, en este caso, de Abel, que al botar la colilla y exhalando su último humo con fuerza, procede a revisar su bolso rojo bolivariano ignorando la ignorancia de las murmuraciones a su alrededor, examina sus hallazgos: seis retazos de pan duro, tres mangos que le regaló una señora muy amable, una concha de cambur, y un poco de pasta blanca que olía un poco peor de lo que se veía; contando las migajas de papitas y salsa que ha lamido de siete basuseros de los perreros —puesto de perro caliente—, sí, ha sido un buen día. Observa el ocaso y calcula que ya son alrededor de las 6:15pm, lo que significa que debe volver al barrio.
Pasadas las 7:30pm, Abel todavía sigue su trayecto, aún en la cacería por la supervivencia de la dictadura, maquinando su entorno y atento a alguna presa, de noche la ciudad se oculta, con terror a los demonios que se liberan de los suburbios, las esquinas se tornan densas y las calles sin luz pública quedan sumergidas en una neblina friolenta, la soledad hace que el ruido de las lejanas motos se convirtiera en una leyenda de terror urbano, y al escuchar que se acercaba una ocurría una sensación espeluznante en el estómago. Algunos inocentes, como la adolescente de 15 años que caminaba apresurada a su casa cuando Abel la interceptó con un pico de botella para robarle sus pertenencias, y no vió más opción que apuñalarle un costado para que dejara de resistirse, algunos salían de sus hogares sin la suerte de volver a ella.
Al parecer, "Ochun" esta de su lado, y él lo agradece a cada momento. Esta vez, como ya había robado, tenía la promesa con su santo de no ir al infierno —los adentros del barrio— a apostar, siempre la cumplía al pié de la letra, y era lo mejor, hoy había obtenido más de lo frecuente. Abel, se dirige por el callejón de siempre hasta el cambuche dónde descansa, escucha una moto entrar, se voltea y en menos de lo que espera ya tiene de frente dos armas.
—Maldita sabandija volviste a robar a los tuyos, manda acá el botín mamaguevo —Abel que se queda muy serio, congelado, no tenía que adivinar que iba a suceder, se encerró por una fracción eterna de segundo, y su alma se quebró en mil pedazos, quería llegar más lejos, quería vivir más años, en lo profundo de su infancia, soñaba con ser alguien reconocido, validado por su entorno, en el fondo deseaba con fuerzas no tener que pasar hambre, sed, no tener que sufrir al dañar y ser dañado, no tener que pasar noches de fríos y días enteros sin comer, a veces prefería no haber nacido, que sus padres no fuesen sus padres, su rencor se volvió inquebrantable hasta apuñalar a una inocente por primera vez, alguien en las apuestas, un supuesto amigo, le recomendó hacerlo para amansar a las víctimas, y lo hizo con tanta insistencia que se convenció, pensaba en las pertenencias que guardaba en su bolso, no las quería, pero ya era muy tarde, siempre fue tarde para él, o quizá, todo fue muy temprano, los golpes, los problemas, los cuestionamientos, los complejos, las responsabilidades de valerse por si mismo, en una fracción eterna de segundo, quiso tener al menos, alguien que lo alentará a ser diferente aún en medio de una situación difícil, ahora sí recordó todas las tardes que revisaba su bolso en la misma plaza, todas las veces que solo murmuraban de él, no era que los ignoraba, siempre le dolió, todas y cada una de las miradas penetraban su autoestima, la falta de misericordia mataba su luz poco a poco, ¿si no hay sal, quien salara la tierra? Insolubre, con una coraza, hizo su último intento por aferrarse a la vida, a la ilusión de tomar mejores decisiones, alza la mirada y agita sus manos al aire:
—No vale qué lo qué, no hay nada no hay nada, yo no me lancé ningún gane hoy el mío —les respondió
—¡Habla claro habla claro menol!
—¡Un coño e madre vale! ¡No tengo nada el míiio!
—Menol te voy habla ej claro que te comijte la luj —les dice uno mientras le acerca el arma fría a la frente del infante —robando al barrio tas loco, una chocadera fea, ¡y lleva pol chocón!
De un disparo murió el niño de once, y luego le dieron otros 36 por bruja, un término para decir que es traicionero, mientras celebrando se decían entre ellos, "lo ajusticiamo, lo ajusticiamo" al finalizar sus cartuchos como era la costumbre con las brujas en ese barrio, el piloto terminó diciendo "bórralo vamo a escapa, vamo a escapa"
Abel nunca llegó a su cambuche, ni tampoco se lo vio mas por el barrio, sin embargo todos sabían lo que había ocurrido por el llanto de su madre desconsolado al día siguiente, en el cuál también saca provecho para chulear a los demás.
Fin.
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